“Mi papá nos llevó para un lado y nos dijo: ‘En este momento ustedes tienen que quedarse callados, no mencionar absolutamente nada, no decir ninguna cosa’. Porque hasta ese entonces en la casa se hablaba de todo, adentro y afuera, con nuestros amigos. No había miedo a abrir la boca”. - Testimonio de Marco Molina en Rojas Flores, 2010, p.668
Etimológicamente
el infante, del latín INFANS, -TI, era aquel “incapaz de hablar” (Corominas, 1984, p.449), pero sin referirse a
una limitación biológica, su mutismo era más bien social. De esta manera, la
infancia como categoría histórica está asociada a quienes “no hablan en
público”. No resulta extraño, por tanto, que el lugar de niños y niñas en la
sociedad sea vea limitado considerablemente. Aunque es necesario tener presente
que el protagonismo infantil variará en sus formas de acuerdo a las diferencias
socioculturales que contribuyan a configurar las formas de relación
adultos-menores. Podemos establecer, entonces, que la infancia no es una
categoría homogénea, sino que es vivida de diversas formas según los diversos
contextos culturales e históricos sobre los cuales tenga lugar. Para efectos de
este texto, se hará referencia exclusivamente a la infancia en Chile,
particularmente al periodo de la Dictadura militar. Por otra parte, más que
presentar una descripción histórica o testimonial de la forma en que los niños
vivieron el periodo, se busca analizar la manera en que la construcción de una
imagen predominante de la infancia tuvo lugar en la Dictadura a través de la
imposición y naturalización de una cultura
del silencio, sobre la base del concepto elaborado por Paulo Freire y su
importancia para la legitimación y reproducción de las ideas de la clase
dominante.
Primeramente,
es necesario esclarecer algunos términos empleados por Freire que serán
centrales en el siguiente texto. La cultura
del silencio se entenderá como la consecuencia social del proceso mediante
el cual se les niega a las clases populares el derecho a decir su palabra
Lo anterior nos lleva a comprender que las condiciones necesarias
para la reproducción de las relaciones sociales no se produce únicamente a
através de aspectos económicos o físicos-coercitivos sino que necesita de un
complejo y constante ejercicio de dominación ideológica y naturalización
hegemónica. Al respecto, Freire (2002) se refiere a la invasión cultural como
una forma de dominación invisible, según la cual los oprimidos dejan de tomar
distancia y reconocerse a sí mismos como clase oprimida para adherirse al
opresor al cual llegan a considerar su amigo o salvador. Esto requiere
justamente invisibilizar los aspectos problemáticos, ocultar las
contradicciones y evitar la comprensión rigurosa de los hechos sociales en la
medida que se propone una comprensión fragmentada de la historia que los mismos
seres humanos construimos. Sobre esta base, en que la concienciación implica la
superación de la falsa conciencia y la “inserción crítica de la persona
concienciada en una realidad liberada de mitos” (Freire, 1990, p.103), “no
puede haber concienciación del pueblo sin una renuncia radical de las
estructuras deshumanizadoras” (ibid.), motivo por el cual la derecha –según
comenta Freire- es incapaz de desarrollar acciones culturales generadoras de
concienciación, lo cual ha quedado demostrado a partir de la prohibición
explícita de la Dictadura como veremos a continuación.
En
lo que se refiere al periodo anterior al Golpe de Estado, la oposición, a
través de todo el aparataje mediático empleado para combatir al gobierno de la
Unidad Popular, buscaba frenar las reformas educativas propuestas por este so
pretexto de que eran conducentes a la concientización de los niños. De esta
manera se popularizaba una visión negativa de la acción pedagógica que buscaba
evidenciar y no ocultar los problemas sociales, de los cuales, por cierto, los
niños eran parte. La Tribuna, Qué Pasa, Eva, El Mercurio o La Prensa eran alguno de los medios
empecinados en difundir estas ideas. La Prensa,
por ejemplo, denunciaba que la concientización ya era común en los cursos
superiores y que ahora se extendía entre los inferiores
Comprendemos
que ante el avance de los sectores populares y la vinculación de la educación
con procesos culturales de concienciación, la reacción genera una respuesta
contundente. En lo represivo, una Dictadura militar de 17 años y, en lo
ideológico, la cultura del silencio como manifestación de la hegemonía cultural
de la burguesía. A partir de esta imposición ideológica se satanizan términos
asociados a la liberación de los sectores populares (pueblo, conciencia,
justicia social, compañeros, entre muchos otros) y términos como “libertad” o
“patria” son groseramente distorsionados a través de los medios oficiales. Esta
modificación del discurso según los intereses de los opresores se convertirá en
el discurso oficial que deben reconocer niños y niñas que nacen durante el
periodo, y que deberán aceptar a la fuerza, aquellos que ya habían nacido al
momento del Golpe de estado, el cual además se ve reforzado por la exaltación
simbólica de lo militar, la valoración de ciertos personajes históricos y el
ocultamiento de otros que tiene lugar dentro de las aulas. Pero la influencia
de la Dictadura no se reduce a una cuestión discursiva, sino que se materializa
a través de aspectos concretos en el desarrollo infantil. El toque de queda,
por ejemplo, se convierte en una realidad tenida por natural en el caso de los
niños que nacieron bajo estas condiciones históricas. En el caso de quienes ya
habían nacido o se vieron directamente afectados por pertenecer a familias
militantes o simpatizantes de la UP, deben acostumbrarse a que ya no está bien
jugar en la calle y que la vida al aire libre se termina a una hora
determinada. Si antes adquirían voz tempranamente, desarrollaban su autonomía
participando codo a codo con los adultos en la transformación de la sociedad
desde diversos espacios, con la Dictadura deben aprender a mantenerse callados,
eliminar de su memoria ciertas palabras y recuerdos, construir una nueva
identidad, negar a sus familiares, ver cómo su comunidad sufría día a día la
represión. Así, la infancia no se encontraba aislada de dichos procesos, ya sea
como víctima directa o indirecta, testigo o protagonista, los efectos de la
Dictadura contribuyeron de manera generalizada a un cambio en la forma de
relación entre adultos y niños, a la imagen que se tenía de estos en la
sociedad.
Así
como el nivel de afectación no fue homogéneo, se encuentran diferencias también
en el nivel de comprensión de los hechos por parte de los niños. ¿Cómo
entendían los niños que militares estuvieran a cargo prácticamente de todo el
país de un momento a otro?, ¿por qué bombardearon La Moneda?, ¿por qué se
quemaban libros en las calles?, ¿qué había hecho su papá o mamá para estar
lejos?, ¿por qué tener que irse del país de forma tan repentina?, ¿a qué se
debía el llanto de los familiares?, y las preguntas se extendían también al
caso de los niños menos involucrados, ¿qué es todo eso que dicen en la radio?
Estas eran probablemente solo algunas de las preguntas más recurrentes entre
los niños, y ante estas dudas las respuestas tampoco las esclarecían suficientemente,
sino que aumentaban la fragmentación de los hechos, la mentira o la
infantilización de lo sucedido. “No es asunto tuyo”, “no te metas en cosas de
grandes” o “en esta casa no se habla de política” probablemente fueron
expresiones que marcaron a la generación de niños y niñas durante este periodo,
y que incluso hoy, se presentan transfiguradas en la clásica idea de que no es
pertinente hablar sobre un periodo no vivido.
La
infancia en dictadura se fue construyendo a partir de una serie de elementos de
distinto orden. Diversos rituales tendientes a la afirmación y aceptación
natural del orden impuesto, manifestaciones discursivas y simbólicas, la
implementación de formas de relacionarse con la autoridad (sumisión, respeto a
las jerarquías, la autoridad y los valores patrios, silencio y subordinación
ante las voces adultas), formas específicas de utilizar los espacios
(prohibición de salir en toque de queda, formaciones que asimilan el orden
militar en las instituciones educativas, aumento de la vigilancia). Todos estos
aspectos contribuyeron, en consecuencia, a la pasividad como característica
determinante de lo infantil. La común asimetría en el trato entre niños y
adultos se extendía aún más.
Como
consecuencia, y en relación con la necesidad de eliminar las prácticas de
concienciación temprana, se suprime de la infancia su dimensión histórica y
política, considerándola como etapa mágica, de inocencia e incapacidad natural
para no entender los hechos sociales.
Por
último, comprender cómo se construye la infancia resulta relevante en la
formación de una nueva sociedad. Si hoy somos víctimas del olvido histórico, el
individualismo y las lógicas de la más descarnada competencia, no ha sido
casual, sino que podemos establecer una relación con la forma en que la
Dictadura excluyó a las personas, desde temprana edad, de su lugar en la
sociedad. El “no estoy ni ahí” como expresión icónica de la apatía política y
la aceptación de una cultura del silencio permiten comprender cómo no existen
naturalidades sino construcciones sociales. Por el contrario, la transformación
de la realidad requiere asumir tempranamente nuestra posición como seres
sociales, constructores de la historia, seres que –como diría Freire-
sabiéndonos condicionados pero no determinados asumimos nuestra responsabilidad
en la construcción de la nueva sociedad. Niños y niñas no se encuentran al
margen de esta situación, sobre todo cuando, como ha demostrado la historia,
viven las consecuencias de la violencia tal como lo hacen los adultos.
Incentivar su formación temprana como sujetos críticos, su sensibilidad ante
los problemas sociales y el conocimiento de la realidad como totalidad y no
como mitologización son aspecto esenciales para acabar con la cultura del
silencio que nos prohíbe ser más.
Bibliografía
Corominas,
J. (1984). Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico.
Madrid: Editorial Gredos.
Freire,
P. (1990). La naturaleza política de la educación . Barcelona: Paidós
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Giroux,
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Rojas
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Santiago: Ocho libros.
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la infancia en el Chile republicano (págs. 659-666 ). Santiago : Ocho
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Varela
Barraza, H., & Escobar Guerrero, M. (2008). Introducción. En P. Freire, La
importancia de leer y el proceso de liberación (págs. 7 - 19). México:
Siglo xxi editores.
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