Elvis Karlsson y la importancia del nombre propio

En la actualidad, cuando el niño real no encaja con el ideal, parece que la solución más recurrente es buscar una etiqueta que lo defina. 

De tal modo, si la distancia entre la expectativa y la realidad es muy amplia o si el niño no cumple con aquello que se espera para cierta edad, emerge de inmediato la sospecha, la preocupación, la necesidad de buscar aquel nombre genérico que explique la diferencia. Muchas veces presentándose en la forma de diagnósticos apresurados que condicionan la experiencia infantil.

¿Cómo habría sido clasificado Elvis -u otros niños disruptivos de la literatura infantil- en una época como la actual, donde existe una pretensión peligrosa a explicar todo desajuste en términos patológicos?

¿Existe un rótulo que defina realmente a ese niño que a veces se muestra retraído o sensible, que otras veces patalea y se frustra, que se vincula mejor con los adultos que con sus pares, que no le gustan los cumpleaños ni el fútbol, pero que demuestra un interés profundo por las semillas y las flores?

Antes de la expansión de nombres más sofisticados era común escuchar hablar de niños porfiados, desobedientes, terribles, problemáticos, pesados, raros, hiperquinéticos, lentos, especiales, llorones, etc. ¿Qué queda entonces de la particularidad que otorga el nombre propio?

El presente artículo propone una interpretación de la novela de María Gripe atendiendo al proceso de constitución subjetiva del protagonista, focalizando el impacto del discurso del Otro en el advenimiento de Elvis como sujeto. Por otra parte, se explora el modo en que el protagonista aprende, reconociendo la importancia del vínculo afectivo como sostén del aprendizaje.

 

Che vuoi?

“Elvis también sabe que es desobediente, terrible y muchas cosas más. El ser así también es una desgracia para él, pero parece que nadie se para a pensarlo”

 

Para el psicoanálisis, el proceso de constitución subjetiva por medio del cual una persona se transforma en sujeto supone entrar en el lenguaje y ocupar un lugar en la red simbólica marcada por el discurso y el deseo del Otro. En este contexto, para Lacan che vuoi? es la pregunta fundamental que el sujeto se plantea a propósito de su posición en el deseo del Otro. ¿Qué soy yo para el otro?, ¿qué quiere el otro de mí?, son preguntas que por cierto tensionan, problematizan y angustian, pero que son propias de la experiencia humana.

Estas interrogantes están presentes constantemente en la novela de la autora sueca. Un ejemplo de ello lo observamos en el primer capítulo. Elvis despierta antes que sus padres, tiene tiempo para reflexionar mientras juega con un botón de su pijama o mientras hojea las revistas de su madre. En este primer acercamiento al personaje, advertimos la posición de Elvis en la trama familiar: un castigo para su madre; no ser lo que su padre esperaba.

Hay significantes que marcan tanto consciente como inconscientemente el devenir de los sujetos. El cómo somos nombrados desde pequeños evidentemente tiene un impacto en el proceso de subjetivación que nos constituye. Son varios los momentos en la novela en que apreciamos la carga que las palabras del Otro tienen para Elvis, algunas son aún más decidoras porque vienen precisamente de los padres:

“-Naciste por mis pecados- acostumbra a decirle mamá.

Quiere decir que lo tuvo como castigo por algo que había hecho hace mucho tiempo, piensa Elvis. Exactamente igual que cuando uno hace algo malo y se lastima.

Los castigos hacen daño (…) ser un castigo no le resulta muy agradable, pero ahora ya no le importa tanto, lo ha oído demasiadas veces” (p.8)

 

“Pero papá dice que a la edad de Elvis él ya jugaba y ya era una promesa al empezar la escuela. Pero Elvis ciertamente no lo es.

-De este crío nunca saldrá un jugador de fútbol- dice papá.

Da la impresión de sentirse fracasado” (p.11)

Otras palabras parecen más suaves, pero no por eso su impacto en el proceso de subjetivación es menor.

“Estás mejor cuando duermes, Elvis -le dice- Entonces sí que estás guapo” (p.7)

“Mamá no parece más dulce cuando está con él. Ella no quiere hacerse fotos con él porque Elvis sale enfadado en las fotografías” (p.7)

Además del peso de las expectativas y las decepciones que el niño real supone ante la versión idealizada, observamos desde las primeras páginas la desvalorización del tiempo y las experiencias infantiles. Se piensa que Elvis no hace nada relevante porque aún no ha ingresado al colegio, no obstante, a lo largo de la novela vemos que participa de una serie de actividades que le resultan sumamente significativas.

Parece no ser casual que la autora opte por un narrador externo en lugar del clásico narrador en primera persona, lo que hubiese sido aparentemente más adecuado al tratarse de una narración centrada en el protagonista. Esta elección formal refuerza lo que sabemos a partir del relato, es decir, que Elvis no ha construido todavía una voz propia, sino que es otro quién habla por él. Paradójicamente, por medio de esta voz omnisciente sabemos qué piensa y siente realmente el personaje sin espacio para la ambigüedad.

En este sentido, Elvis se sabe nombrado en todo momento. Su madre acostumbra a hablar con sus amigas por teléfono para acusarlo cada vez que hace algo que se considera inadecuado. Incluso se ponen de acuerdo para hacer creer a Elvis que está hablando con un policía sobre su mal comportamiento. No es casual, entonces, que Elvis otorgue un valor importante al secreto, no solo el que porta y le da sentido a sus días, sino también, algunos más pequeños. Por ejemplo, Elvis cree que no es importante que su madre sepa el nombre de su peluche, también mantiene oculto los objetos que heredó de su tío muerto o no le cuenta a su madre porque llega una tarde sucio y con la ropa rasgada.

La trasgresión, en este sentido, parece indicarnos que cuando no hay espacio para la privacidad ni el respeto por su tiempo, el mantener algo oculto funciona para Elvis como una reivindicación personal y una reafirmación de su autonomía.

Por otra parte, si Elvis se muestra mucho más cercano y a gusto con su abuelo, con Peter o con Julia se debe precisamente a que ellos lo escuchan, valoran su tiempo, otorgan un valor al silencio y logran suspender sus expectativas con respecto a él.

 

No hay aprendizaje sin un vínculo que lo sostenga

A lo largo del libro podemos reconocer al menos 3 proyectos que son relevantes para Elvis: salvar la casa de Julia, andar en bicicleta, aprender a leer. Cada cual supone no solo un aprendizaje que influye en su constitución como sujeto, sino también un modo particular de relacionarse con los otros.

Para efectos de este artículo, me centraré en los episodios en que Elvis aprende a andar en bicicleta y cómo logra leer por su cuenta. Ambos casos son ejemplos de lo que se denomina un encuentro que no solo implican el dominio de una nueva habilidad, sino que estructuran la subjetividad del sujeto.

Elvis quiere aprender a andar en bicicleta, le gusta acompañar a Peter cuando conduce por la carretera o por los caminos del bosque, pero tiene miedo a caerse y no puede evitar sentirse tenso cuando ve a su papá venir con la bicicleta para enseñarle.

A pesar de los intentos de su padre, no lo logra y siente culpa. “Tampoco sirve para la bicicleta. Está desolado por papá, que se esfuerza tanto inútilmente”. Sin embargo, aprende cuando Peter lo acompaña. Su amigo no solo le ofrece una bicicleta más adecuada para estatura, sino que lo ayuda a vaciarse de miedos, expectativas ajenas y mentiras que ha introyectado. Recién entonces, Elvis se siente más liviano y capaz de aprender. El miedo es reemplazado por la risa y Peter sabe cuándo acompañar y cuando dar espacio sin alejarse totalmente.

La escena anterior parece reafirmar un principio fundamental en la educación: se aprende gracias a un vínculo afectivo y cuando existe un deseo que se pone en juego. No es que Elvis no quiera a su padre, pero aún no se ha construido un tipo de relación que reconozca a Elvis como sujeto y no como proyección de sus propios ideales.

 Algo similar ocurre con la adquisición de la lectura. Elvis quiere aprender a leer, no porque su edad lo exija o por requerimientos de la familia u otras instituciones, sino porque desea saber qué dice el mensaje de Julia que encontró hace un tiempo en las ruinas de su casa. Nuevamente, el aprendizaje está cargado de sentido y, en consecuencia, se logra con éxito.

Cuando lee el mensaje de Julia, al principio le parece fácil de entender aunque no está totalmente seguro. En la hoja de papel lee: “Ahora es ahora. Yo soy yo. Peter es Peter”.

Sabe igualmente que esas palabras esconden un significado más profundo que con el tiempo sabrá dilucidar. Aun así, lo vincula con su propia experiencia, como si de una implicación inconsciente se tratara. Visto desde esta perspectiva, aprender también es aceptar lo que aún no se sabe. Entonces, escribe sus propias palabras sobre el papel, reivindica no solo su voz, sino también el nombre que le otorga su profunda singularidad: Elvis es Elvis.

A modo de conclusión

La novela de María Gripe anticipa una crítica a los discursos que homogenizan la niñez y clausuran la diferencia así como también a las expectativas de los padres con respecto a sus hijos. Con la lectura de Elvis Karlsson se abre un espacio de posibilidad para niños, niñas y jóvenes en tanto se los reivindica como sujetos singulares y en devenir.

Ante la tendencia moralizante o excesivamente pedagógica que muchas veces adquiere la literatura infantil, resulta imprescindible volver a esos viejos libros que, posicionando el mundo interior de la niñez y sus conflictos, supieron subvertir las imágenes asépticas, inocentes e ideales que se asociaban a la infancia, pero también a la familia.

Atendiendo a lo anterior, leer Elvis Karlsson siendo adulto es un modo de compromiso con la infancia que, hoy más que nunca, necesita de un espacio para su secreto y para abrirse paso con su nombre propio.

Así también, respetar a niños, niñas y jóvenes en su singularidad requiere de contención, paciencia y, sobre todo, tiempo.

A veces a los adultos nos cuesta esperar, seguimos viendo a niños y niñas como proyecciones de nosotros mismos o pretendiendo que sean cada vez más transparentes. Por el contrario, Elvis reconoce que hay cosas que todavía no sabe, conflictos que deberá elaborar con calma. El tiempo lo dirá, pero “por el momento seguirá dedicándose a las cosas que conoce bien y de las que está seguro. Por ejemplo, nadie puede negar que la tierra necesita semillas y que los campos necesitan flores”. Ahí, en el reconocimiento de la singularidad, Elvis siempre será Elvis.

 


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