“Si ya nos lo sabemos de memoria
Diréis. Y, sin embargo, de esta historia
Tenéis una versión falsificada,
Rosada, tonta, cursi, azucarada,
Que alguien con la mollera un poco rancia
Consideró mejor para la infancia…”

Hace unos años se suscitó una polémica a raíz de la decisión de los editores de la obra de Roald Dahl de cambiar algunas palabras consideradas ofensivas. Así, se eliminan palabras como «loco» o «desquiciado», Augustus Gloop ya no es gordo sino «enorme» y la Señora Cretino pasa de ser «fea y bestial» a simplemente «bestial».
Tras esta postura no solo subyace una idea ingenua de corrección moral que cree posible encontrar almas bellas en la literatura, sino también una ofensa terrible a la misma obra de Dahl. Recordemos tan solo la aguda crítica que el escritor hace en su obra Cuentos en versos para niños perversos cuando se refiere a las versiones dulcificadas de los cuentos infantiles.
A diferencia de quienes subestiman la capacidad analítica de los niños, Roald Dahl les otorga dignidad como lectores, precisamente al ofrecer una experiencia de lectura en la que no se simplifica la forma, donde se juega con las palabras y se recurre constantemente a la ironía y el humor negro, entendidos como recursos literarios valiosos para ofrecer una historia que no se reduce tan solo al contenido.
Pero también, al reconocer algo tan básico como que los niños lectores saben diferenciar la ficción de la realidad y, junto con esto, lo que es humor o licencias ficcionales de lo realmente permitido, sobre todo cuando la lectura se da en un contexto de mediación. ¿Creerá alguien realmente que después de leer a Dahl los niños matarán lobos a balazos o buscarán modos de intoxicar a su abuela?
En la obra de Dahl nos encontramos con personajes repulsivos y perversos, situaciones grotescas que buscan provocar un efecto en quien lee, pero también escenas que ofrecen momentos para la identificación con el lector, por ejemplo, a través de niños solitarios y violentados, acosados por la pobreza o aburridos de lo mismo, niños que aprenden tempranamente que no todo en la vida está destinado a salir bien. Esa ambivalencia es justamente lo que diferencia la obra de Roald Dahl con la literatura infantil y juvenil más complaciente o moralizante.
Por otra parte, el mundo adulto es constantemente desidealizado (proceso que todo niño enfrentará como duelo al crecer). Hay adultos que contienen y demuestran afecto, como los abuelos de Charlie o la abuela de Las Brujas, pero también hay otros golpean, castigan y se burlan de los niños como la pareja de Los Cretinos o la despiadada Señorita Trunchbull en Matilda; las tías Sponge y Spiker, por su parte, se alegran ante la presunta muerte de su sobrino, aunque unas páginas después son ellas quienes terminan siendo aplastadas sin misericordia por el durazno gigante (escena que por cierto se suavizó en la película Jim y el durazno gigante).
Algunos adultos buscan el beneficio personal a toda costa (como el padre de La maravillosa medicina de Jorge) y otros son capaces de acciones éticamente reprochables como la relación de Wonka con los oompa loompa. Pero justamente en ese mostrar sin dulcificar es donde radica la potencia literaria de Dahl, invitando al lector a pensar, identificarse o proyectarse en los personajes o en esas escenas tan propias de la niñez (¿quién no mezcló en algún momento todo lo que encontró en el baño?), pero también, y por qué no, a reírse y disfrutar sin culpa la muerte simbólica de todos esos adultos tiranos.
Sara Bertrand (2024) sostiene que en el panorama literario orientado a niños y jóvenes hay libros «aburridos que no interpelan ni subvierten; libros divididos por categorías etarias como si bastara la edad para describir el universo lector y sus intereses» (p.19), también una industria editorial que promueve historias vacías, a la medida del mercado, sin preocupación ética ni estética, libros para lucir bonitos o para ser vendidos por el booktuber de turno.
En este contexto, si la obra de Roald Dahl sigue vigente es porque se ha convertido en un clásico que no se agota y que, seguramente, continuará divirtiendo a sus lectores e incomodando a esos «adultos con la mollera rancia» que, en su desconexión total con la subjetividad infantil, no hacen más que subestimar a la infancia lectora.
Por último, no puedo sino agradecer a mis alumnos, con quienes he tenido el placer de leer a Dahl, que me motivaron a adentrarme más en sus libros, y que en clases me han demostrado que todavía es posible el asombro ante la buena literatura.
Referencias:
Bertrand, S. (2024) Un libro es una pregunta. Literatura, adolescencia y tiempos revueltos. Fondo de Cultura Económica.

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